Diseñar para vender vs. diseñar para “que quede bonito
Hay una frase que probablemente cualquier diseñador ha escuchado alguna vez:
“Quiero algo bonito.” Y es completamente comprensible, queremos que nuestra web sea bonita, que nuestro packaging sea bonito, que nuestro restaurante tenga una imagen bonita, que nuestro catálogo sea bonito. El problema aparece cuando “que quede bonito” se convierte en el objetivo final del diseño.
Porque una cosa es que un diseño sea atractivo y otra muy diferente es que funcione.
Una página web puede ser espectacular y no conseguir clientes.
Un packaging puede llamar muchísimo la atención y no conseguir que nadie compre.
Un logo puede gustar a todo el equipo y no conseguir que nadie recuerde la marca.
Y una campaña puede tener unos gráficos increíbles y no conseguir absolutamente nada.
Por eso existe una diferencia fundamental entre **diseñar para que algo quede bonito y diseñar para conseguir un objetivo.**
¿Qué significa realmente diseñar para vender?
Diseñar para vender no significa llenar un diseño de botones, descuentos, colores llamativos o frases de ¡COMPRA AHORA! tampoco significa manipular al usuario. Significa utilizar el diseño para facilitar una decisión. Cuando alguien entra en una web, por ejemplo, debería poder entender rápidamente:
-quién eres
-qué haces
-por qué debería importarle
-qué te diferencia
-y cuál es el siguiente paso que puede dar.
Eso también es diseño, de hecho, muchas de las decisiones más importantes de un buen diseño no tienen que ver con “hacerlo bonito” tienen que ver con hacerlo comprensible.
Un diseño bonito puede no funcionar
Imaginemos una empresa que quiere renovar su página web contrata a un diseñador y obtiene una web espectacular: grandes fotografías, animaciones, tipografías modernas, transiciones, colores perfectamente combinados, todo parece sacado de un catálogo de diseño, pero hay un problema… Cuando un potencial cliente entra, no entiende exactamente qué vende la empresa, tiene que desplazarse por varias pantallas para encontrar los servicios, el botón de contacto apenas se distingue, los textos son pequeños, las fotografías son preciosas, pero no explican nada y para pedir presupuesto hay que rellenar un formulario interminable.
¿Es una web bonita? Probablemente sí. ¿Está bien diseñada? No necesariamente.
Porque el diseño no debería evaluarse únicamente por lo agradable que resulta a la vista. También hay que preguntarse: ¿Está cumpliendo su función?
La estética importa. Y mucho.
Decir que diseñar para vender es más importante que diseñar bonito no significa que la estética no importe. Al contrario, la estética puede ser fundamental, una identidad visual atractiva puede generar interés, una fotografía cuidada puede aumentar el deseo por un producto. Una web profesional puede generar confianza, un packaging llamativo puede conseguir que un producto destaque frente a otros.
El problema no es la estética, el problema es la estética sin estrategia. Un diseño puede ser bonito y estratégico al mismo tiempo, de hecho, cuando ambas cosas funcionan juntas es cuando aparece un diseño realmente potente.
Aquí en esta foto acompañamos la decoración del local con el estilo de alimentación, de una manera directa, vendiendo el nombre pero también su estilo de comida al primer instante y golpe de vista.
La pregunta no debería ser “¿te gusta?”
Esta es una de las trampas más habituales al valorar un diseño. ¿Te gusta?, es una pregunta demasiado subjetiva a alguien le puede encantar un diseño y a otra persona parecerle horrible pero podemos hacer preguntas mucho más interesantes: ¿Se entiende? ¿Se recuerda? ¿Diferencia a la marca? ¿Habla al público adecuado? ¿Facilita la decisión? ¿Transmite el posicionamiento correcto? ¿Consigue que el usuario haga lo que necesitamos que haga?
Estas preguntas convierten el diseño en una herramienta mucho más fácil de evaluar porque el objetivo no es conseguir que absolutamente todo el mundo diga qué bonito, el objetivo puede ser conseguir que la persona adecuada diga esto es exactamente lo que estaba buscando.
# Diseñar para vender empieza por entender a quién vendes
Uno de los errores más habituales es diseñar pensando exclusivamente en el propietario de la empresa y es lógico, el propietario conoce su negocio mejor que nadie. Tiene una historia detrás, preferencias, colores que le gustan, referencias, etc… Pero existe una diferencia importante entre lo que le gusta al propietario y lo que necesita percibir el cliente. Imaginemos una empresa que vende servicios profesionales el propietario puede querer una identidad muy moderna porque le gusta el diseño minimalista pero quizá sus clientes necesitan transmitir seguridad, experiencia y confianza, en ese caso, el diseñador no debería limitarse a preguntar: ¿Qué estilo te gusta? debería investigar ¿Qué necesitamos que perciba tu cliente cuando entre en contacto con tu marca?
Ahí empieza el diseño estratégico.
Diseñar para vender también significa saber qué NO poner
Una de las grandes diferencias entre un diseño amateur y uno profesional puede encontrarse precisamente en todo aquello que no aparece.
Eliminar información, reducir colores, utilizar menos tipografías, dar espacio, simplificar una navegación, eliminar una fotografía innecesaria, acortar un texto, etc…
Y esto puede ser especialmente difícil para una empresa por que cuando conocemos nuestro negocio queremos contarlo todo, pero el cliente no necesita saberlo todo al mismo tiempo, necesita saber lo necesario para dar el siguiente paso.
Y aquí aparece algo importante: no todo diseño tiene que vender directamente
No todos los proyectos tienen como objetivo conseguir una venta inmediata:
Una identidad corporativa puede tener como objetivo generar reconocimiento.
Un packaging puede buscar destacar en un lineal.
Una señalética debe orientar.
Una memoria corporativa puede necesitar transmitir solvencia.
Una web institucional puede tener como objetivo generar confianza.
Una campaña puede buscar notoriedad.
Por eso sería demasiado simplista decir que todo diseño tiene que “vender”, lo correcto sería decir que: todo diseño debería tener un propósito.
Vender puede ser ese propósito, pero también puede ser informar, diferenciar, orientar, generar confianza, posicionar o crear recuerdo.
Porque diseñar no consiste únicamente en hacer que algo se vea bien, consiste en hacer que funcione bien para alguien y para algo. Y cuando ambas cosas —estética y estrategia— trabajan juntas, el diseño deja de ser simplemente una cuestión de apariencia.
Se convierte en una herramienta de negocio.

